Por Ivette Estrada
El liderazgo, negociación y tipos de interacción es una enseñanza que aparece en los primeros años de manera consistente y casi imperceptible con marcadas diferencias entre niñas y niños,
Es durante la infancia cuando se despliegan los principales sesgos silentes de género.
AsĂ, mientras a ellos se les permite explorar, equivocarse y competir, a ellas se les exhorta a agradar, cuidar y adaptarse. Estos mandatos no explĂcitos, pero si consistentes, determinan la manera en la que los niños se relacionarán con su propia voz, tomarán decisiones e, incluso, considerarán cuál es el espacio legĂtimo ocupar.
La confianza no es una diferencia natural. Es una construcciĂłn social.
Esa forma de aprender a estar en el mundo no se queda en la infancia; con el tiempo se vuelve visible y mensurable.
Aunque en los primeros años niñas y niños reportan niveles similares de confianza, entre los 8 y los 14 años, la confianza de las niñas disminuye de forma significativa. La de los niños se mantiene relativamente estable. Durante la adolescencia, ellos tienden a reportar mayores niveles de autoestima. Es el resultado de años de socialización.
El proceso mediante el cual aprendemos las normas, valores, creencias, lenguajes, comportamientos y roles que nos permiten vivir dentro de una sociedad, incide directamente en la confianza.
Desde la infancia, muchas niñas aprenden a dudar antes de hablar, a pedir permiso en lugar de decidir y a esperar validación antes de actuar. Con el tiempo, esa forma de relacionarse con el mundo se traduce en una menor disposición a negociar.
Los efectos de esta diferencia no son menores. En paĂses de la OCDE, incluso cuando las mujeres alcanzan niveles educativos similares o superiores, sus ingresos siguen siendo, alrededor de 12% menores que los de los hombres.
Estimada Rebel, plataforma de mentorĂa para el crecimiento profesional de las mujeres, es tajante: Si queremos más mujeres que lideren, tomen decisiones y construyan trayectorias propias, no basta con decirles que pueden. Implica enseñarles a expresar desacuerdo sin culpa, decidir sin depender de validaciĂłn constante y entender que negociar no es ser difĂcil, sino tener claridad sobre el propio valor.
Existen tres aprendizajes esenciales: normalizar el desacuerdo como parte de la convivencia, Practicar decisiones pequeñas… para que las grandes no den miedo y enseñar a pedir lo que necesitan sin disculparse.
Estas son acciones prácticas y cruciales:
Pedirles su opiniĂłn incluso cuando no coincide con la adulta: “¿TĂş quĂ© harĂas distinto?”, celebrar el desacuerdo bien expresado: “QuĂ© bueno que lo dijiste, aunque no pensemos igual.”, modelar desacuerdos respetuosos entre personas adultas frente a ellas y evitar frases que castigan la diferencia: “No seas exagerada”, “No hagas drama”, “No contestes”. Con esto se aprende a que disentir no rompe vĂnculos.
En tanto, darles opciones reales: elegir ropa, menĂş, ruta, actividad, preguntar: “¿QuĂ© prefieres tĂş?” y sostener la decisiĂłn sin corregirla, permitir que cambien de opiniĂłn sin culpa: “Revisar tambiĂ©n es parte de decidir.” Son acciones que refuerzan la autonomĂa.
Al mismo tiempo sustituir “perdĂłn, Âżpuedo…?” por “necesito…” o “quiero…”, practicar frases de negociaciĂłn en juegos: “Propongo esto.”, “No me funciona, ÂżquĂ© otra opciĂłn hay?” y reforzar cuando expresan lĂmites: “Gracias por decirlo con claridad.”, genera que la negociaciĂłn deje de ser transgresiĂłn y se vuelve herramienta.


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