Por Ivette Estrada
En un tiempo donde la velocidad dicta el pulso de la vida y la palabra se reduce a un clic, un emoji o una reacción automática, detenerse a hablar se convierte en un acto de resistencia.
La comunicación contemporánea, moldeada por la inmediatez digital, pierde los rituales que alguna vez le dieron profundidad, duración y sentido. Y cuando los rituales desaparecen, no solo se empobrece el lenguaje: se erosiona la vida en común.
Byung-Chul Han advierte que habitamos una época marcada por la desaparición de los rituales, por la aceleración que deshace la comunidad y por una comunicación que ya no convoca, solo circula. Vivimos en un intercambio sin hogar simbólico, sin pausas, sin umbrales. En ese paisaje, la palabra deja de ser puente y se vuelve trámite.
Pero hay quienes aĂşn creemos que la comunicaciĂłn puede ser un espacio de cuidado, presencia y memoria. Que la palabra —cuando se ejerce con intenciĂłn, tono y ritmo— puede sostener vĂnculos, reparar fracturas y convocar comunidad. Que hablar no es solo transmitir informaciĂłn, sino habitar un vĂnculo.
Por eso propongo pensar la comunicaciĂłn ritualizada como una forma de resistencia cultural. Resistir no desde la confrontaciĂłn, sino desde la profundidad. No desde el ruido, sino desde la duraciĂłn. No desde la autopromociĂłn narcisista, sino desde la presencia orientada al otro.
Ritualizar la palabra implica recuperar gestos que parecĂan obvios: mirar, escuchar, nombrar la intenciĂłn antes de hablar, abrir un umbral antes de una conversaciĂłn difĂcil, cerrar con conciencia para que algo permanezca. Implica recordar que el cuerpo tambiĂ©n habla, que la respiraciĂłn acompasa el vĂnculo, que el silencio puede ser un acto de cuidado.
En un paĂs donde la palabra pĂşblica suele desgastarse entre estridencias, y la palabra Ăntima se diluye entre notificaciones, volver ritual la comunicaciĂłn es un gesto polĂtico. Es afirmar que la comunidad aĂşn es posible, que la memoria aĂşn puede sostenerse y la presencia aĂşn puede ser hogar.
Ritualizar no es volver al pasado: es crear condiciones para un porvenir más humano. Es devolverle a la palabra su capacidad de convocar, ordenar y sanar. Es resistir la atomizaciĂłn contemporánea con algo tan simple y al unĂsono altamente poderoso como un encuentro verdadero.
Porque, finalmente, como escribió Octavio Paz, “la palabra es el puente que une al hombre con el mundo”. Y en tiempos de desarraigo, construir puentes es el acto más urgente.
* Integrante del Instituto Mexicano de Ciencias y Humanidades

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